El Silencio de la Soledad ( En una Estancia )

Pasajera forjada por un tiempo que escapa,

anclada en la penumbra de una colina vieja.

Eres sendero imposible

callada ves transcurrir sin que arriben.

Agotado el quehacer, tu mirada

clama en la noche una lozanía vencida,

consumida toda sazón que alivia.

Mujer; de manos encendidas.

Mujer; de sueños sin delirios.

Mujer; sonrisa de desaliento.

Mujer; o un llanto empapando tus pechos.

Dos nubes veladas abrazan, cárdenas, tus ojos.

Apenas asoma la escarcha

se esfuma disimulada.

Sólo te acompaña la noche, yerma,

cómo delata el alba que suspiras y no compartes.

Cuerpo sibilino y tan desnudo.

Eres tierra desbordada de clemencia.

Desmayada mujer, qué lejana te siento,

anclada en la penumbra de una colina vieja.

Carmen Cano Durán ©®

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ELEGÍA

 El silencio de otra soledad

                        A Juan Cano Pastor ( 1911-1998)

 

Poeta en el frío silencio Invernal 

sentado junto a la hoguera.

En el patio caluroso tras la siesta,

sombreado con naranjos, almendros,

aromas a hierbabuena.

Poeta que en antaño me contaba 

siendo niña inquieta;

el color de los campos, los trigales,

linos, la siega.

Poeta labriego.

Poeta que me contaba  historias

en la adolescencia: espesas sus manos,

pelo blanco y escaso bajo su boina negra.

Palabras hiladas como el croché,

junto a la abuela,

palabras tantas veces escuchadas

tan repetidas, tan anheladas.

La memoria y el corazón lastimados

por el dolor, la soledad y el hambre,

el miedo que sienten los hombres

en una guerra.

Poeta a quien busqué más tarde,

esperantes mis nervios

de sus palabras viejas.

Poeta cansado de vivir,

ciego: ni escribe ni lee mi poeta.

 ya me llevan pa la tierra -….

¿dónde guardaré Sus versos?

En el eterno invierno de mi silencio.

En el misterioso duelo del aire.

En la terrible luz de la primavera.

En el húmedo olor de la casa abandonada.

Jamás regresé a ella.

En el forjado banco de la plaza.

En las mesas del club: cartas, tabaco, 

café negro.

En la vagamente recordada noria

oxidada de la huerta.

En el viejo baúl de sus trajes.

En el usado marrón de la silla de enea.

En el solapado pálpito de su último abrazo.

En el débil apretón de sus manos.

En el ansiado arrullo de su cuerpo.

En la nublada lágrima negra.

Le recuerdo.

Rendido mi corazón 

de palabras ahogadas

me llegan sus lentos pasos,

su manera de hablar tan calmada.

Tendido mi corazón 

de palabras ahogadas

regresan a mí sus versos.

Descansado ya, 

el primero de Noviembre.

Después: bajo la fría lápida.

Desde la helada tierra.

Desde el solemne silencio.

Desde el oscuro lecho postrero.

Regresan a mí sus versos.

Y mi alma pálida te aclama, Abuelo.

              Texto y Foto: Carmen Cano Durán   © ® 

SILENCIOS

Invierno. Hace años. Una disipada tarde de invierno, cuando esta comienza a declinar en la noche y encuentras cierto reparo en averiguar qué indefinido momento del día estás viviendo.

Era el tiempo de la anochecida, del crepúsculo. Un crepúsculo anómalo, ya que había sido un día insolentemente oscuro y la ausencia de sol otorgó a la jornada el aspecto de un persistente ocaso que, sin embargo, ya comenzaba a extinguirse. El final de un ocaso que apenas pude percibir. Mientras caminaba, de repente, la noche había llegado.

Una noche fría, con restos de humedad. Una noche solitaria, deshabitada, nada extraña, porque estás noches son muy frecuentes en nuestra ciudad, sobre todo entre semana, y de forma particular en algunos barrios, en los que llegada una hora no demasiado intempestiva, sorprendentemente, la gente huye, se apresura como hormigas amenazadas, escapándose en diversas direcciones, buscando el calor del hogar, desapareciendo de las calles todo ruido y rastro humano.

Entonces comienzan a iluminarse los paseos, las calles, las avenidas. También las habitaciones de las casas, provocando en las paredes de los edificios siluetas indeterminadas, ocasionadas por el reflejo de las luces que provienen de interiores y exteriores.

A veces son los focos de los coches, los que proyectan estas figuras andantes, concediendo singulares formas vivas a las paredes blancas. Hay otras luces que se van encendiendo simultáneamente, las luces de los cafés, a los que se acerca la gente con prisa disimulada, con una prisa paulatina y necesaria. Había previsto reunirme con Manuel en uno de estos locales, un viejo mesón rehabilitado no hacía mucho, convertido en café y en sala alternativa de exposiciones, en el que se celebraban de vez en cuando conciertos de blues y de rock, con los que se amenizaban las noches escuchando composiciones y canciones memorables, cuyos intérpretes conseguían versionar con auténtica maestría.

Aquélla noche, cuando empujé la puerta de madera del café, me invadió el sentimiento de haber llegado impacientemente temprano, y esto suscitó en mí un desasosiego que quizás pasó desapercibido ante los demás. Sin embargo existía, y esa inquietud, de alguna manera, tenía que conseguir apaciguarla.

Pedí una copa y me senté en la silla de una mesa desocupada, junto a la ventana, mientras el estado de espera me produjo un extraño nerviosismo, y los minutos empezaron a parecerme eternos.

Ya he mencionado que era una noche fría, aunque el ambiente caldeado del café, el vino, y la conversación entrecortada que intentábamos mantener el camarero y yo, consiguieron templarme algo más.

Pero cuando estaba a punto de adaptarme al lugar, deleitándome en la contemplación de algunos cuadros expuestos en la paredes enladrilladas, detecté la presencia de otro invierno. Un invierno que no era la fría estación que estaba viviendo, y que como éste tampoco venía sólo, venía acompañado por un frío muy distinto, ese frío que se acomoda como terrible huésped transitorio en nuestras almas, un frío que sólo se consigue soportar con el calor que ofrece el cuerpo del amante, las palabras de un libro, y tal vez las imágenes de los recuerdos. Inviernos siempre temporales, imprevisibles, inviernos que se acomodan en lo más profundo del cuerpo.

Estos inviernos a veces son ausencias que van marchitando, con gélidas miradas, ilusiones y sueños. Ausencias consumiendo melancólicamente tiempos inexistentes, tiempos muertos, tiempos que buscamos y pasan efímeros y tan discretos, dejándonos sólo la desazón de no haberlos vivido.

La visión de los cuadros me llevó hasta uno situado enfrente de mí, semioculto, que la figura de Andrés me impedía ver. Sentado junto a la barra, bebiendo un vino que ya no saboreaba, concentrados sus ojos en la madera pulida sobre la que apoyaba los codos, sosteniendo con la mano el inmenso mundo que cubría su frente que me pareció, extraordinariamente grave.

Seguí la línea de cuadros, y, de nuevo, no pude contemplar la pintura, porque delante de ella estaba sentada Marina, en la esquina de siempre, en silencio, con el brillo lacrimoso en sus ojos, como siempre. Intentando localizar otro cuadro, descubrí varios grupos humanos, dispersos, gente conocida y asidua al bar. Junto a ellos, en otra mesa, una pareja joven. Él miraba al suelo de terrazo mientras fumaba. A veces subía la cabeza para hacer aros de humo con el cigarro, examinándolos en profunda meditación. Ella jugueteaba con la cajetilla de tabaco sobre la mesa de mármol.

Y de pronto surgió, imperiosa, magnífica, desde los diminutos altavoces del café, envolviendo las vigas de madera que sostienen el techo, envolviendo los diferentes arcos que configuran la distribución del interior, llenando tantos vacíos silenciosos, la voz de Billie Holiday, esa voz que tantas veces había escuchado, conquistándome una vez más, sumergiéndome en sus letras, en su historia, en su soledad.

Por un instante la vi con las blancas orquídeas, enormes, adornando su pelo, con el vestido negro salpicado con brillantes de imitación. Arropando con su voz las consecuencias de la Depresión que vivía el País, y también la que ella sufrió. La vi descansar sobre las barras de cualquier tugurio, llena la sangre de drogas y de alcohol. Esperando para subir al escenario de locales neoyorquinos de Harlem, Long Island. Recorriendo calles numeradas: La Séptima Avenida, La Calle 139, La Calle 52. Calles cosmopolitas, deshumanizadas, calles de ciudades de San Francisco, de Ohio. Billie recorrió aquéllas, y mientras la escuchaba, la vi cantar, arrastrando frágilmente palabras con su peculiar cadencia, dolorosa y sentimental. Una voz con la que consigue agitar nuestras almas cada vez que escuchamos sus blues. Allí la vi, acompañada por las voluptuosas y apasionadas notas que se iban desprendiendo, parsimoniosas, del piano, la trompeta, el clarinete, el bajo, el saxofón. Habitando con sonidos encantadores aquéllos ambientes cerrados, clandestinos. Lugares destinados al juego, la bebida, el amor, colmados de denso humo. Cantando ante rostros desconocidos. Cantando otras veces ante las miradas de Benny Goodman, Louis Armstrong, Ben Webster. Sin duda algo sobrevive a través del tiempo, a través de los espacios y lugares, como su voz, como el arte.

Esa noche de invierno, contemplando cómo se iba consumiendo la cera azul transformada en llama que iluminaba la mesa, convirtiéndose en diminutos hilos sinuosos de un tenue humo gris que se escapaba del calor, desapareciendo en el ambiente del café, escuchando la desgarrada voz de Billie, se había roto, sin yo desearlo, la amistad que me unía al mundo.

El frío del otro invierno estaba allí. Me levanté y pedí al camarero que me dejara escuchar otra canción más. Encendí un cigarrillo y saludé a Andrés que empezaba a levantar la cabeza saliendo del letargo. Andrés estaba como otros tantos, inevitablemente abrazado a la piel del amor, la misma piel que, a veces, cubre la cruenta soledad.

Entrecrucé los dedos apoyando las manos sobre la mesa, en aquél local, escuchando blues. Ya no pudo sorprenderme la soledad humana, la de Andrés, la de la mujer de mirada perdida, la de la pareja silenciosa, ni siquiera la de Billie. Miré el reloj, eran las siete en punto de la tarde.
Sentí una mano apoyarse sobre mi hombro, giré la cabeza, miré hacia atrás, sonreí. Manuel acababa de entrar en el café.

Texto y Narración Audio: Carmen Cano Durán ©®

Música; Billie Holiday. Pennies from heaven.

Publicado en el libro: Historias con música. 43 Autores de Aquí. De Juan Antonio Méndez del Soto. Lusitania Ediciones

 

UN AROMA A REALIDAD

Aquella tarde no la recuerdo muy bien. Tampoco recuerdo si era fría o calurosa. Continuamente siento la necesidad de controlar el tiempo, el que hace y en el que vivo. Digamos que me ofrece cierta tranquilidad. Y lo contrario puede desquiciarme hasta un nerviosismo sin igual.
Tengo una borrosa idea de la sala de estar. No acierto a recordar la distribución de los muebles  que en tantas ocasiones cambié de lugar.
-Vamos, intenta recordar, me digo.
Pero resulta del todo inútil. Mi habilidad se ha reconvertido en impaciencia.
– Debes recordar, me repito, pero esta insistencia es aún peor, y lucha en guerra silenciosa contra los malditos bits de mi cerebro. Son estafadores, y utilizo palabras malsonantes aún sabiendo que me insulto a mí misma.
Nada sucede, nadie contesta, ni siquiera yo me respondo y parezco aletargada.
– Estafadores, ¿ acaso no conocéis otra forma de imponerme vuestro castigo que con la ausencia de ideas y el olvido intermitente? Esto ya no es nada nuevo. ¿ no tenéis algo diferente para mí? ¿ me podéis ofender de alguna otra manera?
Mantengo la mente lúcida, también esto me sorprende. En este preciso instante no dialogo con nadie.  – ¿ dónde estás, pepito grillo?-
Este grillo no es mi conciencia. En ocasiones puede ser un intuído pensamiento ajeno. En ocasiones soy yo misma en situaciones diferentes y hasta figuradas. Puedo ser en un pasado, o quizá en un futuro imaginado. Pero este grillo no es mi conciencia. Pepito grillo es un cri-cri que en el pasado me ocasionó demasiadas molestias. Pepito grillo me hizo llorar, me hizo pasar miedo, pero probablemente hoy lo echaría tanto de menos que no creo pudiera vivir sin él.
– Pepito, respóndeme – insisto indignada- pero ahora  le parece oportuno ignorarme.
Mi cri – cri está dormido. Esto hace que me sienta ciertamente abandonada, el presagio de mi propia despedida.
Miro hacia el vacío sin fijar la mirada en ningún lugar determinado. Sé que es una forma de perder el tiempo, una manera como otra cualquiera de rendirse a los instantes. Y pierdo el tiempo. Me dedico a perderlo de manera escandalosa, soy plenamente consciente, a veces me gusta, lo disfruto, y por este motivo no me arrepiento de ello.
Me acomodo en el sofá. Decido ponerme cómoda porque intuyo que voy a estar durante el resto de la tarde en esta posición. Puedo pasarme así durante horas enteras,  haciendo nada.
Aquel día ya caía la tarde. De las tardes jamás me olvido. Puedo olvidar la mañana, quizá una madrugada, pero jamás una tarde. Las mañanas pueden llegar a ser diferentes. Las noches guardan un misterio impenetrable. ¿ qué podría sorprenderme de la decadencia que me trae la tarde? El declive es siempre tan esperado que me parece vergonzoso.
Recordar. Qué ejercicio más absurdo cuando el archivador está vacío. La documentación de esta carpeta se ha extraviado. Las imágenes también se han borrado.
– ¿ hay alguien divirtiéndose entre las nubes de mi cerebro? ¿ me oís?
– Todos duermen -, algunos descansan, otros han desaparecido para siempre.
No voy a forzar mis recuerdos durante más tiempo. Me niego. Que regresen cuando quieran, aquí estoy, siempre estoy aquí.
Aquella tarde existió. Aquella tarde la viví, y de qué manera. Está grabada con frío en mis entrañas y hay fríos que no se pueden olvidar.
Ahora sí. La habitación comienza a oscurecer, pero permanezco impasible.
– Debes salir a soltar el perro – me digo – ya parece tarde.
Me incorporo con bastante esfuerzo. Me dirijo hacia la ventana. Me asomo y miro a través del cristal.
Está oscuro – pienso- la granja de enfrente tiene sus luces encendidas.
Qué importa – susurro- . En este lugar da igual tener el perro fuera o dentro. En este lugar dan lo mismo las luces. Mi camioneta está fuera, y yo estoy dentro. Hay demasiado silencio, por eso, lo demás no importa.
– ¿ dónde dejé los pétalos de rosa?
Me dirijo sin ánimo hacia el aparador. Los busco sin éxito. Quizá en este otro lugar…, – no -, tampoco ha habido suerte, -no los puse aquí. Quién sabe si los guardé en alguna de mis cajas de madera.
-Sí, me digo, creo recordar que las guardé en una caja de madera, sin embargo no recuerdo en qué maldito lugar he puesto esa caja de madera.
No busques una caja color caoba – me advertí-   la pintaste de un verde horrible la pasada temporada
-¿ recuerdas?, – ese día sí lo recuerdas ¿verdad?
– Sí, ese día lo recuerdo.
Debo buscar una caja de madera, una caja de madera de color verde, quizá de un horrible verde.
– Sí, ese día lo recuerdo muy bien, hay días que no recuerdo, pero de aquella tarde no me he olvidado. La caja está tallada a mano, la adquirí ya tallada, y no es muy grande, sé que no es muy grande. ¿ realmente hace tanto tiempo que no veo esta caja? Es curioso, no la había echado de menos. Es probable que guarde demasiadas cajas.
Los pétalos los puse en el cuarto de baño, en el armario del cuarto de baño, aunque no lo recuerdo, pudiera ser que los guardara en esa caja, pudiera ser que estuviera pensando en otra cosa cuando las coloqué allí, y por ese motivo no lo recuerdo.
-Sí, sin duda lo hice de manera automática. Por ese motivo no lo recuerdo.
Suelo olvidarme de incidentes, de vivencias, puedo incluso olvidarme de mi vida entera. Pero los objetos los coloco siempre en el mismo lugar  para que esto no suceda, y  por esto me resulta extraño no encontrarlo.
A veces subo o bajo tiestos del almacén, ¿me llevaría la caja sin reparar en ello?
En la planta principal de la vivienda hay un cobertizo. El cobertizo está lleno de tiestos para macetas; tiestos de barro cocido, tiesto de plástico, tiestos de madera, tiestos grandes y pequeños, tiestos monocromáticos, tiestos esmaltados, tiestos pintados a mano, tiestos de enea y también de bambú. El almacén está lleno de sacos con tierra; tierra vegetal, tierra abonada y otros compuestos orgánicos para las plantas. El almacén también resguarda los aperos de las plantas, los árboles y el huerto.
El almacén está desolado. -¿Habrá alguien en el almacén? ¿ por qué pienso en ello?
– No debo pensar en ello. – venga, piensa acerca de otra cosa- no resulta demasiado difícil- no debes tener miedo. – ¿ dé qué me serviría tener miedo?  Estas escaleras son frías, están oscuras.
Pero es una sensación que ahora no me afecta. Es sólo una sensación. ¿ podría salvarme la luz si la encendiera?, – no, claro que no, o quizá sí. Ahora soy una persona ciega y las luces no pueden ayudarme. Tengo una barandilla, me es suficiente, lo demás me da igual.
No es de extrañar que me llevara la caja al invernadero. Allí cuelgan miles de flores boca abajo, allí se secan, y allí crecen las que aún viven.
Bajo las escaleras, y por primera vez, he dejado de tener miedo a la oscuridad.
Qué miedo puedo tener a la oscuridad? La verdadera oscuridad está en mi mente, en mi cerebro, y no encuentro la manera de desprenderme de esta oscuridad. Lo demás ahora no me importa, sobre todo cuando la oscuridad es insoportable. Lo demás carece de importancia. He intentado encontrar cualquier forma para aliviar el sufrimiento, todo ha sido inútil. Estoy cansada, y estoy tan cansada que ni siquiera lo estoy. Me mantengo ausente, ausente de todo, ausente de todos. Me prohíbo molestarme, ni siquiera me molesto esforzándome en conseguir algo perdurable para mi alma. Algo que pueda aliviar el dolor que siento.
– pero qué dices, ahora no sientes dolor, ahora no sientes nada -.
– sí siento, me obstino a veces en resolver esta situación.
– no sientes nada
– ¿acaso no es el mayor de los dolores?
– mírate
– qué más da, sí, tengo mal aspecto
– piensas hacer algo para remediarlo?
– ahora no me apetece, quizá luego, quizá más tarde, o más adelante. En este preciso instante no tengo intención de hacerlo
– ¿dónde he visto la maldita caja verde?, quizá junto a la ventana.
Llevo dos horas intentando encontrar los pétalos de rosa. ¿ a qué se deberá esta cabezonería ?
Pocas cosas abandonadas en este lugar parecen pertenecerme. Y aún así qué más da.
Si una imagen que vieron mis ojos,  un recuerdo, una emoción, un sentimiento, no son perdurables a pesar de haber vivido en la cuna de mi alma, ¿ no puedo dejar de aferrarme a un simple objeto? ¿ la materia?
En ocasiones únicamente te queda aquello a lo que te puedes agarrar, sabiendo que es real. Aquello que ves con los ojos en el preciso instante, los aromas que te llegan y te despiertan la memoria, o lo que puedes acariciar. A veces, esto es la realidad.
Hay demasiadas ausencias en mi memoria. Hay demasiadas emociones alejadas de mis manos.
Aquí están las flores.
Abro la caja despacio. Estoy triste, pero da igual. También llegas a acostumbrarte a  vivir en un estado de melancolía.
Este verde no es un verde bonito. Los pétalos están intactos. La caja huele al pasado, como siempre. Estos pétalos huelen a unos meses de mi existencia. Este aroma me ofrece realidad. En este preciso instante gozo de una porción de realidad.
Me dirijo al cuarto de baño. Coloco la caja sobre la repisa del cuarto de baño. Apoyo mis manos encima del lavabo. Acerco el rostro al espejo. Han aumentado los granos. Tengo la cara llena de granos. Y tengo las facciones muy pronunciadas, demasiado pronunciadas. Estoy algo despeinada, pero no me importa.
– ¿ no crees que deberías arreglarte un poco? – me insinúo
-no, no creo que deba arreglarme un poco, – me digo – de hecho no voy a arreglarme ni un poco ni nada..
Abandono la sesión del espejo. Camino de nuevo a la sala de estar. La sala de estar es donde más tiempo estoy, porque al menos físicamente me siento allí a descansar. Otras veces a imaginar, y entonces no estoy plenamente en la sala. Entonces solamente estoy en la sala de estar a medias, sin ser.
El equipo de música tiene bastantes años. Lo adquirí por poco dinero en una tienda del pueblo de al lado. Lo adquirí al poco tiempo de venirme a vivir aquí. El equipo funciona perfectamente, y eso me parece suficiente.
Al pueblo subo una vez a la semana. Generalmente subo los sábados al mercado, coloco mi puesto de plantas y flores. Vendo las que la gente quiere comprar.
El sábado suelo desayunar bollos recién hechos en la plaza del pueblo. Lo acompaño con una gran taza de café en la taberna de Dña Concha.
Algunos sábados, si hay morriña, y todo me da igual, no subo al pueblo. Pero cuando voy y la jornada se ha dado bien, realizo algunas compras para la semana. Suelo comprar pescado fresco, algunas latas y café. A veces se me antoja  fruta o verdura de las que no puedo cultivar.
Miro de nuevo lo que me rodea. Me acerco más al equipo de música.
Cojo algunos discos para ver qué me apetece escuchar. Los voy soltando conforme decido que nos es el momento. O  si lo encuentro algo desfasado, pese a que en otro instante quizá piense lo contrario.
–  este es un buen disco, una buena obra.
La flauta mágica, Mozart.
Aún permanece la pegatina con mi nombre de cuando lo aparté en la tienda de discos.
Extraigo el vinilo con cuidado. Lo hago con bastante cuidado. ¿ quién sabe cuántas personas pueden disfrutar con esta música mientras esté en buen estado?
La aguja tiene polvo. Me agacho para coger el cepillo. Cojo el cepillo y se lo paso un par de veces con delicadeza. Coloco la herramienta en su sitio, y cojo el que utilizo para limpiar el disco. Realizo la operación con suavidad.
Coloco el brazo de la aguja sobre el vinilo.
– crac, primer sonido del disco. Silencio.
– crac, silencio
ha quedado alguna motita de polvo. La aguja aún no está leyendo.
Comienza la música, – magistral.
Nadie se beneficia de este instante que es para mí. Nadie interfiere en las fracciones musicales. A nadie molesto. A nadie.
Subo el volumen. ¿cómo podría escuchar la ópera si no ?
Me dirijo de nuevo al baño. No me miro en el espejo porque carece de importancia. Me acerco hasta la bañera. Me aseguro de que el tapón está bien colocado. Giro la manilla del agua caliente. El agua sale fría. Es lo mismo. Esto no importa. Giro la manilla del agua fría para que la bañera se llene antes. No está tan fría. La música se escucha muy bien desde aquí. Esto está bien. Sonrío mientras me digo que si hablara conmigo misma tendría que elevar el tono de  voz para poder escucharme. Tras decirme este comentario, sonrío más aún.
En ocasiones ayuda elevar mínimamente el tono de voz. Sobre todo ayuda cuando la tertulia mental se hace insoportable. Pero hoy han decidido descansar. Hoy puedo hablarme en silencio. Sonrío de nuevo mientras lo que parece una tímida lágrima desciende por mis ojeras. Me limpio sin dar importancia a este hecho. Una ambivalencia más dentro de un infinito mundo de ambivalencias.
Hoy mis pensamientos son silenciosos. Aunque alguna pequeña discusión se manifiesta. Hoy no ha habido tertulia, pese a que los he convocado.
La caja de madera verde está sobre el lavabo. Cojo de nuevo la caja de madera. Y cojo un puñado de pétalos de rosa que derramo sobre el agua de la bañera.
Estas rosas no tuvieron oportunidad de completar el ciclo biológico. ¿ habría sobrevivido alguna al ciclo de la vida?
La rosa cae de la rama. La rosa contiene semillas. Semillas que caen a la tierra. Agua, luz, temperatura. ¿habría podido existir un rosal?
Esas rosas serían más rosa que la primera de la que nacieron?
Esto no me conviene. Se me aturde el pensamiento. Debo dejar de pensar. Murieron hace tanto, y aún conservan el aroma.
Vierto el contenido de la caja sobre el agua. Añado aceite con camomila.
Me arrodillo sobre el suelo. Agito el agua con mi mano derecha.
Voy hacia el interruptor de la luz y la apago. Apenas se ve. La habitación contigua tiene una lámpara encendida.
Comienzo a quitarme la ropa tranquilamente. Despacio.
Estoy muy delgada – me digo -. Demasiado delgada. El rostro está demacrado.
Mientras, la ópera avanza. No puedo quedarme sin música. Cuando termine de desnudarme voy a poner la obra desde el principio.
Me dirijo hacia el giradiscos, con la mirada serena, pero clavada en el vinilo. Apenas seis o siete pasos nos separan.
Le doy al botón automático para asegurarme que el temblor de mis manos no dañará los finos surcos. El brazo sube lentamente y se coloca en el soporte. Le vuelvo a dar al automático y se levanta discretamente. Lo posiciono justo encima del primer surco
Creo que lo he colocado correctamente, – me digo -.
Sujeto la palanca y la bajo muy despacio.
– crac. Silencio.
– crac. Silencio.
– crac. Silencio.
Jamás acierto a la primera con un disco. Comienza la música.
Siete pasos de vuelta. Estoy desnuda. Estoy delgada. Tengo frío. Agito el agua con la mano, añado jabón y vuelvo a agitar. Apenas se ve el fondo de la bañera, la superficie está cubierta con pétalos que comienzan a volverse transparentes. La espuma resalta los colores. Decido entrar en la bañera. Esta música es sublime. Los violines bailan. La soprano tiembla. Estiro las piernas a lo largo de la bañera. Respiro profundamente. Vuelvo a respirar. Me guardo el aire. Me sumerjo entera. Abandono el exterior. La muerte dulce. Apenas escucho el exterior.
Todo es silencio.
Sólo estamos yo y yo misma. Pepito grillo me ha abandonado. Oigo la música muy lejos de mí. Permanezco en esta posición.
Todo es tranquilidad. Ahora ni yo misma me acompaño.
De aquella tarde no recuerdo mucho más.
Una ópera. Un aroma. Un adiós.

Texto: Carmen Cano Durán ©®

Música:

La Flauta Mágica. Mozart 

EL SILENCIO DE LA SOLEDAD – LA CIUDAD-

La ciudad está vacía.

Sobran perfiles de calles
que llevan a ninguna parte.

Hay cuerpos que huyen cansados
de ocupar espacios propios
clausurando los lugares.

La ciudad está vacía,
perteneciendo a nadie.
Edificios enhiestos
gimen ser torres dolientes,
clamando luz, vida, de un cielo
súbito e impertérrito.

La ciudad está vacía.
Arden suelos embriagados
borrando rastros
y humanas huellas inscritas
con sonidos en la calles.

La ciudad está vacía
descansando de los ruidos
que deja el mundo en invierno.
Un aroma desvanecido,
con fervor y algún origen,
sin tumulto, se va hundiendo
gris, bajo el hirviente asfalto gris.

Duelen las grietas que se abren
rompiendo los cuerpos de edificios viejos,
muertos de oscuros silencios.

Algo se derrumba sobre mí,
en solemne secreto,
cuando despierta la ciudad,
está llena de silencio.

Carmen Cano Durán  © ®

Pintura : Edward Hopper
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